Pájaro-alma

Bibliografía: 

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Pájaro-alma: (1-1), (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Análisis:

El pájaro, como otros arquetipos (la serpiente, la montaña, el árbol, el huevo o el toro) es un “símbolo natural”, que alude a determinadas potencias de la Naturaleza. Por ello éste, como otros símbolos “naturales”, suele constituir una “imagen ancestral”, ligada a los niveles más primitivos de nuestra existencia como especie. Su supervivencia hasta el día de hoy es un ejemplo claro de la persistencia de la memoria en las sociedades tradicionales (en menor medida, también en las modernas: es el caso del “pájaro encima del poste”, del “huevo de Pascua” o del “árbol de Navidad”). Este aspecto es importante: en lo que se refiere al pájaro como "animal sagrado", su universalidad reside en que no se circunscribe a un área determinada del planeta, como sucede con el coyote o el cuervo en Norteamérica, con el jaguar en Centro y Sudamérica, con la tortuga en Extremo Oriente... Estos animales, si bien son muy comunes, no tienen el carácter universal que se le atribuye al pájaro; ya sea en el folklore, en las prácticas totémicas o en el simbolismo de las religiones regladas, como en las prácticas chamánicas (entre siberianos, esquimales, o nativos norteamericanos, por poner algunos ejemplos), en las cuales los chamanes u “hombres-medicina” literalmente “vuelan” –transformados en aves- hacia el mundo de los espíritus . Por otro lado, tanto la serpiente como el pájaro son símbolos "primigenios". Es decir, de un modo u otro tienen un papel importantísimo en los mitos de la creación del mundo. Otros animales cumplen papeles más secundarios, o "pintorescos" (véase más arriba). Podemos empezar a sospechar la existencia de fenómenos de “difusión cultural” cuando dichos símbolos primigenios se presentan de forma combinada: es el caso del dragón, mezcla de los símbolos “simples” del pájaro y de la serpiente (el primero alusivo a lo celestial, y el segundo a lo terrenal).

El pájaro suele representar, en los mitos universales, las fuerzas del bien. La serpiente, las fuerzas del mal (aunque también –como se verá- puede tener connotaciones benéficas). El pájaro está asociado al Cielo, y la serpiente a la Tierra (o aun más, al submundo). Según Mircea Eliade, la lucha entre el pájaro y la serpiente -tal como es expresada en la oposición hindú entre Garuda y el naga (la serpiente), o en el mito azteca de la fundación de Tenochtitlán (aunque en este caso la serpiente puede ser un añadido posterior)- es un mitema cosmológico que representa el combate entre la luz y las tinieblas; o lo que es lo mismo: entre el Sol y lo subterráneo. Eso es lo que opina asimismo Jean Chevalier (Diccionario de los símbolos). Y añade: el pájaro es sinónimo del presagio y del mensaje desde el Cielo. También representa el alma escapando del cuerpo, o solamente el subconsciente (durante los sueños). Algunos dibujos prehistóricos de “hombres-pájaro” se han interpretado en este sentido: como el vuelo del alma, o como el vuelo extático del chamán. En definitiva, el ave se opone a la serpiente como el mundo celeste al mundo terreno. El pájaro simboliza los estados espirituales, los ángeles, o los estados superiores del ser, puesto que los dioses son seres voladores, y por ello las aves (o el símbolo que las representan, las alas) son un emblema de la libertad divina, situada al margen de las contingencias terrenales. No en vano Hermes lleva alas en sus talones, y Ahura Mazda (el dios bueno persa) es repesentado con las alas de un águila. Tanto Belerofonte como Perseo, héroes “matadores de monstruos”, cabalgan un mismo caballo alado (Pegaso, hoy asterizado en la constelación del mismo nombre). 

El pájaro suele estar ligado al Árbol del Mundo, y ocupa un nido (al que asciende el chamán mediante el éxtasis o la iluminación). El nido del ave en el Árbol del Mundo es casi inaccesible, y está escondido en lo más alto de su copa; simbólicamente representa el Paraíso. Si bien en ocasiones el alma está enjaulada, y no se libera hasta que el cuerpo muere; el ave es el vehículo que la transporta (al Cielo, al submundo o ultramundo, o hacia otro cuerpo). La propia alma es representada como un ave, que migra de cuerpo en cuerpo, o se dirige en un vuelo final hacia el nido, en las ramas superiores del Árbol del Mundo, donde encontrará la paz. El ave, icono del alma, ejerce –pues- el papel de psicopompo, o intermediario entre la Tierra y el Cielo (o el ultramundo, o el submundo). Cirlot (Diccionario de símbolos) abunda en lo dicho más arriba, y remarca que todo ser alado es un símbolo de espiritualidad. El pájaro representa los estados superiores del ser, que los egipcios llamaron ba (el alma). Éste vuela como un pájaro desde el cuerpo tras la muerte. Cirlot opina a su vez que el antagonismo con la serpiente no tiene carácter moral, sino el de la mera antítesis de contrarios. En América, la unión de águila y serpiente en la serpiente emplumada supone la “sublimación” del ofidio (véase más abajo el uso alquímico de este término). 

En definitiva, el pájaro encarna el bien, lo celestial y numinoso, frente a lo terrenal (o “ctónico”) y al mal que –convencionalmente- simboliza la serpiente. Por ello el enfrentamiento entre ambos animales representa, no tanto la lucha entre el bien y el mal, como la contradicción de contrarios dentro de la unidad (idea expresada por símbolos como la androginia o el dragón). Como hemos visto más arriba, el pájaro ha sido asociado asimismo al árbol, en el que habita la serpiente o el dragón, y del que mana, fluye o cuelga el agua de la vida, el elixir, o el fruto de la inmortalidad. También está ligado al huevo, como es natural. En numerosas culturas se piensa que el mundo fue creado a partir de un huevo cósmico; y entre ellas, algunas sostienen que este huevo fue "puesto" por un pájaro celestial en las aguas primordiales (véase el símbolo “Océano creador”). 

Louis Charbonneau-Lassay, en su emblemático libro Le bestiaire du Christ (Albin Michel, reeditado en el 2006), dedica una gran atención a este símbolo primario de la simbología pagana y cristiana. Literalmente escribe: “Christus est avis… El Cristo es un ave. Adopta ciertamente, en la Emblemática cristiana, las figuras de la paloma, del pelícano, del Fénix, del cisne, del ibis, de la grulla, de la cigüeña…” (página 71). ¿Qué mejor representación del Salvador que el Ser que encarna en sí lo celestial y lo numinoso? Algunos de estos símbolos los encontraremos más abajo, en el desarrollo de los mitos. Sea como sea, dicho autor le dedica una atención especial al águila (uno de los emblemas más celebrados del poder, la fuerza y el Sol), al dragón (arquetipo de la dualidad primordial, o de la contradicción creadora), al Fénix (símbolo del ciclo y la regeneración), al halcón (signo del Sol), a la paloma (icono de la paz y de la inocencia), al pelícano (el justo sufridor que alimenta al exánime con su sangre), al ibis (el ave que encarna a Thot en Egipto), al gallo (símbolo solar), a la garza (que cuando es blanca, remite al Paraíso original), al búho (emblema de Atenea), o a la mariposa (la cual, como el pájaro, es una imagen del alma). Las plumas son un complemento de este icono, y simbolizan lo etéreo (o numinoso). En América, la espiga acompañada de plumas de pájaro tiene un fuerte poder mágico (entre los Hopi es llamada tiponi), si bien en Centroamérica expresaría más concretamente un homenaje a la diosa del maíz, y una bendición de la cosecha germinada. De todos modos, es significativo el papel que cumple aquí el símbolo del pájaro: otorga carácter mágico a un objeto profano, como es la espiga de maíz, que por otro lado podemos equiparar al Árbol del Mundo, por su poder germinativo y regenerador. 

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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