Paraíso-Isla

Bibliografía: 

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Temas principales:

La isla de los dioses en el mar del origen: (1-1), (1-2), (1-3), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3). 

Paraíso: (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-3), (4-1), (4,2), (5-3), (5-4). 

Análisis:

Mircea Eliade, así como otros estudiosos de la mitología comparada, destaca cómo en numerosos corpus míticos podemos encontrar la misma constante: la evocación del Paraíso primigenio. Éste aparece como algo tangible, no como una mera tierra fabulosa o legendaria, poblada de seres sobrenaturales. A través de este mito tenemos constancia de una época de dicha, abundancia y longevidad. Jean Chevalier, en su Diccionario de los símbolos, habla de una “nostalgia del Paraíso”, puesto que, citando a Mircea Eliade en su Tratado de la Historia de las Religiones, “un cristiano diría que [el Paraíso] es la condición anterior a la Caída”. Entre los caldeos éste es el Pardes, con una fuente central y cuatro ríos vertiendo en las cuatro direcciones; es el centro espiritual primero, el origen de toda la Tradición. También es la morada de la inmortalidad, el centro inmutable, el corazón del mundo, y –a través del Árbol del Mundo- el eje de comunicación entre el Cielo y la Tierra. A veces se lo identifica con la montaña polar, o central: es el Meru hindú. Si el paraíso terrenal es inaccesible es porque las relaciones del Cielo y la Tierra se han roto por la Caída. Según Juan Eduardo Cirlot, el Paraíso es el símbolo del “centro místico”; más en concreto, de su manifestación espacial. En él vivieron los antepasados primordiales (los “dragones de la sabiduría”, según los chinos), y de él parten los cuatro ríos que riegan el mundo, siguiendo los cuatro puntos cardinales. 

En persa antiguo pairidaeza, recinto fortificado, designaba los parques de recreo de los sátrapas persas; luego pasó a significar la morada idílica de las ánimas bienaventuradas. Era descrita como un jardín con una vegetación lujuriosa, con una fuente o manantial central. Los animales vivían en libertad, y el ser humano comprendía su lenguaje. Con el tiempo, este mito se convirtió en una leyenda, y más allá, en una fábula, con jardines centelleantes, o repletos de joyas, y pájaros cantarines. El Paraíso es también el símbolo del “centro místico”, y del “lugar del origen”. Es por ello que se halla en todas las tradiciones. Pero es asimismo un estado espiritual, y la conciencia de una pérdida: la Caída del ser humano desde el “estado paradisíaco” al presente terrenal. Karen Armstrong, en Breve Historia del Mito (Salamandra, pág. 23) dice, a este respecto: “Casi todas las religiones y mitologías de las sociedades arcaicas están imbuidas de nostalgia por el paraíso perdido”. La citada autora lo retrata como un lugar fabuloso en el cual los humanos estaban en contacto directo con lo divino. Eran inmortales y vivían en armonía entre sí y con la Naturaleza. En medio había un árbol, una montaña o un poste que unía el Cielo y la Tierra, y al que las personas podían trepar para alcanzar el reino de los dioses. Finalmente hubo una catástrofe (la montaña se derrumbó, o los dioses talaron el árbol –nótese el cuento de Jack y la judía mágica-) y se hizo imposible alcanzar el Cielo. 

La Arcadia, el Parnaso, el Jardín del Edén, o el de las Hespérides, al igual que la Atlántida, no son más que expresiones imaginarias del Paraíso perdido, o de la llamada Edad de Oro. Su rememoración suele estar acompañada por la idea de la regresión o exaltación en la condición del ser humano, en su devenir a través del tiempo (eras, kalpas, katunes o soles), y del ciclo (eterno retorno). Esta visión del mundo tiene carácter circular, tal como expresa Virgilio en la cuarta Égloga: “Ya llega la última edad anunciada en los versos de la Sibila de Cumas; ya empieza de nuevo una serie de grandes siglos. Ya vuelven la virgen Astrea y los tiempos en que reinó Saturno; ya una nueva raza desciende del alto cielo. Tú, ¡oh casta Lucina!, favorece al recién nacido infante, con el cual concluirá, lo primero, la Edad de Hierro, y empezará la Edad de Oro en todo el mundo”. Un ejemplo de la "preservación de la memoria" por lo que se refiere al Paraíso, o a la Edad de Oro, serían las saturnalia romanas (celebradas en las fechas de la actual Navidad, y que ahora se han reconvertido en los modernos Carnavales). Éstas supuestamente rememoraban el reino feliz del mítico Saturno (el Cronos griego), una época de simplicidad, abundancia y felicidad. Era la Edad de Oro de la que hablaba Hesíodo: “Al principio los Inmortales que habitan mansiones olímpicas crearon una dorada estirpe de hombres mortales. Existieron aquéllos en tiempos de Cronos, cuando reinaba en el Cielo; vivían como dioses, con el corazón libre de preocupaciones, sin fatiga ni miseria; y no se cernía sobre ellos la vejez despreciable, sino que siempre con igual vitalidad en piernas y brazos, se recreaban con fiestas ajenos a todo tipo de males” (Los trabajos y los días). 

El mito clásico del Jardín del Edén es como sigue: Adán y Eva eran felices en el Paraíso terrenal. Tenían todo cuanto podían desear y no pasaban hambre, sed, o enfermedades. En él había árboles de todas clases; entre ellos, el Árbol de la Vida y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Ni Adán ni Eva conocían el mal, puesto que en su mundo todo era bueno. Yahvé les prohibió que probaran los frutos del Árbol del Conocimiento, porque en ese caso morirían. Un día Adán y Eva, desoyendo esta prohibición, comieron de él (Adán fue incitado por Eva, como es bien sabido), y Yahvé, cumpliendo su promesa, los expulsó del Paraíso. A partir de ese momento “tendrían que ganar el pan con el sudor de su frente”, y las mujeres, dominadas por sus maridos, parirían con dolor. Para garantizar que nunca comerían del Árbol de la Vida (que los haría inmortales), Yahvé situó en la puerta del Jardín un querubín blandiendo una espada de fuego”. Aquí observamos las dos principales constantes que he señalado más arriba: el Paraíso es tanto un pasaje de Historia Sagrada (está por definir qué parte de Historia fáctica cabe encontrar en él) como la conciencia de un “estado de caída”, fruto de un “pecado”: el pecado originario. Éste supone un antes y un después en dicha Historia Sagrada: el ser humano, aunque hecho a “imagen y semajanza de su dios”, no podrá comer el fruto de la inmortalidad (porque ha desobedecido a su creador), y por ello es expulsado del Jardín. El querubín con la espada de fuego es la garantía de que a partir de ese momento nunca podrá ingresar en el selecto club de los “inmortales”. 

Existe un relato alternativo al del Génesis que explica por qué el ser humano fue condenado. Lo relata el Libro apócrifo de Enoc. Aquí podemos encontrar importantes pistas que nos informan del Paraíso primigenio al que me he referido más arriba. Enoc (nieto de Adán, hijo de Set y padre de Matusalén) no fue, por supuesto, quien escribió dicho libro apócrifo: se estima que fue redactado unos doscientos años antes del nacimiento de Cristo. El Libro de Enoc se divide en tres partes (o libros), en las que el patriarca evoca sus visiones apocalípticas, incluyendo sus visitas a las regiones celestiales, así como la rebelión de los "ángeles caídos". Léase el siguiente párrafo (Libro de Enoc, 9, 6-11): "Puedes ver lo que ha hecho Azazel [el ángel rebelde], que ha enseñado toda la impiedad en la Tierra, y ha revelado a los hombres los secretos eternos que fueron preservados en el Cielo. Y Semjaza [su líder], a quien Tú [Dios] diste autoridad para reinar sobre sus asociados [los ángeles]. Y ellos han ido a las hijas del hombre, sobre la Tierra, y han dormido con ellas,... y han revelado [a los hombres] todo tipo de pecados. Y las mujeres han dado a luz a gigantes, y la Tierra entera ha sido inundada de sangre y de impiedad". Este párrafo alude al siguiente pasaje del Génesis (6, 4): “Existían entonces los gigantes en la tierra, y también después, cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y les engendraron hijos. Estos son los héroes famosos muy de antiguo”. Sin lugar a dudas, personajes como Azazel o Semjaza representan "héroes civilizadores", especialmente interesados en el estudio de los astros, como queda claro en el siguiente párrafo (Libro de Enoc, 8, 3-4): "Semjaza [les] enseñó encantamientos y el arte de cortar raíces, Armaros la resolución de encantamientos, Baraqijal astrología, Kokabel las constelaciones, Ezeqeel el conocimiento de las nubes, Araqiel los signos de la Tierra, Shamsiel los signos del Sol, y Sariel el curso de la Luna". Como dejé claro en el apartado de los “Héroes civilizadores”, los sacerdotes hebreos –los compiladores de la Historia Sagrada de este pueblo- desaprobaban estas enseñanzas, pues presuntamente “contaminaban” la santidad de sus antepasados (no es el caso de otras sociedades, como en Egipto, en las que los “héroes civilizadores”, del tipo de Osiris, se sitúan en lo más alto de su Panteón divino). 

El relato bíblico del Jardín del Edén es, de acuerdo con esta interpretación, un mero símbolo de una región y una época en que, al comienzo de los tiempos, los humanos vivían felices sin esfuerzo. Pero más allá de la literalidad bíblica, ¿qué información aporta dicho símbolo? La Biblia, al igual que otras narraciones antiguas, se halla dotada de una gran carga simbólica. En muchas ocasiones no debemos entender sus palabras literalmente, sino que hemos de considerarlas como evocaciones de una realidad ambigua. Tal vez el relato de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso podría interpretarse como la huida de un pueblo o civilización de un emplazamiento privilegiado, obligado por alguna fuerza natural que le hubiese impelido a ello. Como consecuencia de ese éxodo sus condiciones de vida habrían empeorado significativamente. Por otro lado, el que el mito de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso hable de que el hombre, a partir de ese momento, dominaría a la mujer, podría interpretarse como que la sociedad habría pasado de un estado matriarcal a otro patriarcal. Este tránsito se halla rigurosamente documentado por los antropólogos, y no podía menos que ser recogido por la Historia Sagrada de forma simbólica. Sólo añadiré que este pasaje tiene una fuerte carga poética. Por ello es lícito preguntarse: ¿Se trata simplemente de un mito? ¿Es únicamente una narración fabulada del origen del dolor, el trabajo y la necesidad humana sobre la Tierra? Si tenemos en cuenta que narraciones similares se recogen en muy diferentes partes del mundo, podemos colegir que –tal vez- exista algo de verdad tras la leyenda o la fábula del Paraíso originario. 

En definitiva, ¿podemos considerar que el mito del Paraíso es una idea original de la Biblia? Ciertamente no: este concepto es muy común; no se circunscribe tan sólo al relato bíblico. Como hemos visto más arriba, el griego Hesíodo, recogiendo una tradición anterior, hace referencia a un paraíso en su obra Los trabajos y los días (hacia el siglo VIII a.C.). En la Edad de Oro que Hesíodo describe, conocida como “tiempos de Cronos”, los hombres vivían vidas sin preocupaciones, libres, seguras y pacíficas. Pero –y aquí se introduce, como en el contexto bíblico, el prejuicio contra la mujer, asociado al “pecado original”- un día Pandora abrió la tapa de su caja, y todos los males que acechan la vida humana se expandieron a lo largo y ancho de la Tierra. De esta Edad de Oro mítica se pasó a la de Plata, y tras ésta a la de Cobre, a la de los Héroes, y por último a la del Hierro. La miseria, el trabajo, el dolor y el envilecimiento, todos ellos males desatados por Pandora, se extendieron por todo el orbe. ¿Existen otras tradiciones similares? La respuesta es sí, como se verá en la exposición de los mitos (abajo). 

El concepto de los cuatro ríos del Jardín del Edén tampoco es una exclusiva bíblica. Hallamos la misma idea entre los egipcios (según la tradición, eran cuatro las fuentes del Nilo en Elefantina), los hindúes (los cuatro brazos del río Jambu, el Ganges Celestial, que parten del monte Meru), entre los griegos (los cuatro ríos del Hades, entre los que encontramos el Estige y el Lethe), en Irán (del lago Aredvi Sura Anahita, flanqueado por el árbol del Haoma, o Árbol de la Vida, brotan cuatro corrientes, que fluyen hacia los cuatro puntos cardinales), en el Tíbet (del Árbol de la Vida Zampu, que crece en del monte sagrado Himavan, también brotan cuatro ríos)... Narraciones similares las hallamos en China, entre los eslavos, los nórdicos, los polinesios, los sioux, los aztecas, los mayas, etc. 

En el mito hebreo y en el griego la mujer sería la causante de todos los males de la Humanidad. Esta constante tiene continuidad en la tradición popular y en el folklore. Significativamente, tanto la “bruja” como la “madrastra” de los cuentos populares (es el caso de Blancanieves, por poner un ejemplo) aluden a una visión más bien negativa del papel de la mujer en la Historia. ¿Residuo de la "revolución patriarcal" de la que hablé en la sección dedicada a la Diosa? Del mismo modo, los relatos acerca del Paraíso suelen abundar en la idea del “elixir de la vida”, que permite alcanzar la inmortalidad (o la eterna juventud). Según Homero los dioses olímpicos se alimentan exclusivamente de néctar y ambrosía. Los hindús hablan de amrita y soma (y los iraníes de haoma). El romance céltico de Cuchulainn habla de las nueces del Elíseo. La diosa escandinava Idún (juventud) cultiva unas manzanas que rejuvenecen a los dioses, etc. Hallamos relatos similares en numerosas culturas y tradiciones. 

En muchos mitos universales el Paraíso ha sido asociado a una isla (y en ocasiones, a una isla sumergida). Ésta es una tendencia universal, extendida por todo el planeta, no arracimada en un único sector; por lo cual podemos considerar que tiene carácter ancestral. En ciertos templos egipcios se representa esquemáticamente esta "isla primordial" (que en su mitología sería una "Tierra primordial"). Max Müller explica buena parte del corpus mítico mediante una hábil metáfora: el curso del Sol sobre el Cielo. El Levante y la Aurora de la mañana, y el Poniente y la morada de las almas, son sus hitos principales. El Paraíso-isla representaría aquí la "residencia del Sol poniente", y en una osada transliteración, también de las almas de los muertos. El análisis comparativo parece confirmar esta asociación entre Paraíso y Poniente. Sin embargo, en la imaginería universal (en Arabia, en Suecia, en Sicilia, en Irlanda…) abundan cuentos y leyendas que hacen referencia a una isla maravillosa, donde viven gigantes o personajes que gozan de una eterna juventud. Estas islas suelen flotar en las aguas, o disiparse entre tinieblas, de modo que de ellas no queda ni rastro (es el caso de la isla de San Borondón, entre los irlandeses). Algunos opinan que dichas tradiciones serían la traslación fantástica de un fenómeno óptico, conocido como fata Morgana, que nos hace ver, cuando las condiciones atmosféricas son las adecuadas, montañas, castillos o ciudades recortadas en el horizonte. 

La divinidad está ligada a la inmortalidad, pero también a un “lugar del origen”, a un paraíso originario. Y entre éstos, Meru es tal vez el más universal. Meruvarsha, la región de Meru, podría haber dado nombre a multitud de topónimos en el mundo; algunos míticos, y otros más reales: el To-Mera de los egipcios; el merós (muslo) de los griegos, lugar de nacimiento de Dioniso; el merom (lugar alto) de los hebreos, etc. Y por supuesto, a los múltiples Sumeru, Sumur o Samara que se distribuyen por todo el planeta. El monte Meru, de acuerdo con el Markandeya Purana, ilumina con una luz más intensa que el Sol la región de Ila-vrta, la residencia de los dioses; y éstos, merced al jugo de los frutos que crecen en el árbol Jambu, viven 30.000 años. Ilavrit está situada en medio del océano que rodea a las “siete grandes islas”, que es una manera de decir que Ilavrit-Meru está en el centro del mundo (puesto que Meru está en el centro de Ilavrit). En el mito sumerio (y en general, en el mesopotámico) la región llamada Iku es la residencia de Ea (dios del Cielo). Y ésta era descrita como una isla rodeada del mar, en mitad de la constelación de Piscis. Tal “Paraíso” es llamado por Arthur Ungnad el “campo primordial”. Era conocido —por otro nombre— como Apsu. Según el llamado Génesis babilónico: “[Marduk] Cruzó los cielos e inspeccionó las regiones / Cuadró la zona del Apzu, la morada de Ea…” (Enki) (Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend. El molino de Hamlet, página 625). En esta interpretación del mito dicha tierra del origen es habitáculo, no sólo de los dioses, sino también de los “sabios” que civilizaron el mundo. Allí se alojaban los “siete sabios” primordiales. Y allí crecía el Árbol del Mundo, el Mesu, “carne de los dioses, adorno de los reyes”, el cual “tiene raíces en el ancho mar, en las profundidades de Arallu, y su copa alcanza el alto Cielo”. Árbol mesu (Árbol de la Vida), sabios y dioses primordiales, isla en medio del mar… De nuevo el paisaje que nos remite al principio, a los orígenes.  

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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