Bajada a los infiernos

Bibliografía: 

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Temas principales:

Bajada al submundo (mito de Orfeo): (1-1), (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Barco o barquero del submundo (Caronte): (1-1), (1-4), (2-1), (2-4), (2-5), (2-6), (4-1), (4-2), (5-3), (5-4). 

Perro psicopompo o guardián del submundo (Cerbero-Anubis): (1-1), (1-4), (2-2), (2-6), (4-1), (4-2), (5-3). 

Comida de los muertos (mito de Perséfone): (1-1), (1-2), (2-1), (2-4), (4-2), (5-2). 

Peso de las almas y juicio de los muertos: (2-1), (2-2), (2-4), (2-6), (4-1), (5-3), (5-4). 

Pago-peaje del submundo (óbolo a Caronte): (1-1), (4-2), (5-3). 

Submundo-reino de riquezas: (1-1), (2-1), (2-4). 

Análisis: 

La mayor parte de las culturas (si no todas) se refieren a un lugar mítico conocido como Infierno, o submundo, o Inframundo. Éste, como el Paraíso (que a diferencia del submundo, puede estar situado en los Cielos), así como el Limbo o Purgatorio (un lugar intermedio, de purificación hacia el Paraíso o hacia una nueva reencarnación en la Tierra), suele estar ligado a un “juicio” o “peso de las almas” (psicostasis), en aplicación de una “justicia retributiva” (determinación del mérito o de la culpa del alma en función de sus acciones), que es indicio de un estado más avanzado de Civilización. A este respecto, las culturas menos avanzadas meten a todos, buenos y malos, en el mismo saco (la nada, o bien un lugar de sombras); o incluso peor, castigan a las generaciones futuras por los pecados de los antepasados (es el caso del judaísmo primitivo). Pero hay otras posibilidades: el alma (o la sombra) puede reencarnarse en otro ser, o en otra persona, en una generación posterior; o puede ir –finalmente- a su aniquilación (es lo que postula el Budismo), en caso de que llegue a un estado de absoluta perfección (el Nirvana).  

Tenemos un ejemplo de nula “justicia retributiva” en el primer judaísmo. La idea de Yahvé, así como la de su culto, evoluciona a lo largo del tiempo. En un principio (en la era de los patriarcas) es un dios tutelar, al que se le teme más que se le ama (Levítico 19, 32). Es un Dios colérico y antropomorfo, que encamina a su pueblo (Israel) hacia un destino predeterminado. No es un Dios de salvación, no es un dios ético. Es el garante de un pacto, establecido -de forma imperativa- entre Él y su pueblo. A la menor señal de desfallecimiento de sus “protegidos” se comporta de forma airada: sus castigos son terribles e indiscriminados. Su sentido de la justicia es muy particular, puesto que hace responsable a quien ha quebrantado la Ley y a sus descendientes: “Yo soy Yahvé, tu Dios, un Dios celoso, que castiga en los hijos las iniquidades de los padres hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian” (Éxodo 20,5). Y lo que es peor, la Biblia (al menos en el relato de Job) no ofrece un marco adecuado para que expíe sus pecados, pues se niega la existencia de una justicia retributiva post-mortem. Y así continuará hasta que, con posterioridad, se pretenda paliar esta grave carencia tomando prestados de otras religiones conceptos tales como la inmortalidad de las almas, el Juicio Final, y la retribución de los actos en el ultramundo. Entre los incas sucede algo similar. Por más que lo he intentado, no he encontrado un equivalente a un Infierno o un Paraíso en su Corpus mítico (excepto en Bolivia, donde es llamado Tamoi). De este modo, no parece haber “retribución” de los actos en el submundo. Sí en cambio, como en China y en otros lugares de Asia, existe un culto a los antepasados; su manifestación física es la existencia de momias (mallquis), que se preservan, se engalanan y se exhiben en días señalados; no es el caso de las momias egipcias, que se ocultan y se las deja a sus anchas para que –en su caso- las almas den el salto a su lugar en los Cielos. 

Tanto el Infierno como el Paraíso pueden tener diferentes connotaciones. El primero puede ser un lugar de oscuridad, de eterno aburrimiento, sin esperanza; o bien un emplazamiento (es el caso del Tártaro griego) donde al pecador se le castiga eternamente con suplicios que se ajustan a la gravedad de sus pecados. O existe otra posibilidad: no se hacen distinciones en el grado o la naturaleza de los pecados, y a partir de un cierto umbral el pecador va o bien al Purgatorio (donde se purifica) o bien al Infierno, sin medias tintas. Allí, en el Infierno, este infeliz purga eternamente sus malas obras en la Tierra, con un sinfín de torturas a cual más cruel y despiadada. En ciertas culturas orientales (no todas), en cambio, las almas disponen –por decirlo así- de un “carnet por puntos”, llamado karma; éste acumula méritos o deméritos, y al final de la vida este documento –personal e intransferible- permite ascender o descender a un nivel superior o inferior de existencia. De este modo, una persona con una discapacidad psíquica o física ha de entender que está “purgando” pecados de una reencarnación anterior, lo que desde mi punto de vista es doblemente doloroso e injusto (a mí, personalmente, me parece una idea imposible de aceptar, y aún más, de tolerar).  

Por lo que se refiere a los paraísos, éstos se dividen entre “paraísos del origen” y “paraísos de destino”. Los primeros son aquellos de donde vienen nuestros antepasados, que como veremos en su momento fueron expulsados en una época muy lejana por haber cometido una falta determinada (es el “pecado original”). Los “paraísos de destino” son aquellos donde van las almas (las sombras) de los buenos, o de los guerreros (es decir, los que matan por patriotismo), o de los sacrificados, o de determinados enfermos, o de las mujeres que mueren en el parto, etc. En algunos casos, los paraísos del origen coinciden con los de destino, puesto que las almas de los muertos van a parar al mismo lugar de donde fueron expulsados nuestros primeros antepasados (es, en cierto modo, el caso del Duat o el Amenti egipcios). Alternativamente, las almas de los más afortunados se dirigen a determinadas islas paradisíacas, en mitad del Océano de la Muerte (las Islas de los Bienaventurados), o bien a lugares celestiales de Luz y Gloria eternas. 

Si tomamos como referencia el mito griego, que es el más conocido en el ámbito europeo, numerosas culturas comparten algunos “mitemas” (temas míticos) con aquél. Es el caso del mitema del perro psicopompo, o bien del perro guardián del submundo. Lo encontramos, definido de diversas maneras, en lugares tan alejados entre sí como Grecia (Cerbero), Egipto (Anubis), Siberia (el zorro del submundo), en el África subsahariana, o en México (Xolotl ). También es común el pago (en monedas o en especie) al barquero o al personaje psicopompo que conduce al alma por el submundo (el óbolo en Grecia, la pieza de cobre en México, o los abalorios que recibe Abokye en un mito de Angola). Por no hablar del río (o lago, o mar) que ha de atravesar el muerto, en el “barco de los muertos”, con o sin barquero (o tal vez a nado); éste es un mitema común en todo el orbe (en Europa, Asia, África y América). Ya me he referido (arriba) al “peso de las almas”, importante avance en “justicia retributiva” que podemos observar en los corpus míticos de Persia (aunque aquí las almas no se pesan en una balanza, como sucede en Egipto, sino que deben atravesar un puente, que se ensancha o se hace más estrecho en función de su pureza), en Egipto, en la tradición budista del Japón o en Siberia. En determinadas culturas (en América, Egipto, Japón o Próximo Oriente) el alma no se pesa, sino que es juzgada en un “juicio de los muertos” (en el caso de Egipto ambas ceremonias van juntas). 

He dejado para el final el mito que da nombre a esta sección: la bajada del héroe (o de la heroína) al Infierno (o al submundo). Éste es un mitema ciertamente universal, pues es presente en Europa, en Asia, en Oceanía, en África y en América. Pero quisiera destacar un relato en concreto, el de Orfeo en busca de su amada Eurídice, que podemos resumir de la siguiente manera: “Eurídice, esposa de Orfeo, es mordida en el pie por una serpiente, mientras huía del acoso de Aristeo. Su esposo, desconsolado, obtiene del soberano del submundo (Hades) su regreso, con una sola condición: que no la mire hasta haber salido al mundo exterior. Pero Orfeo no desistió de contemplarla en su ascenso, y así la perdió para siempre”. En Polinesia hallamos relatos muy parecidos, en los que el esposo desesperado baja al submundo a rescatar a su amada, y no lo consigue por romper un tabú (es el mito de Kena, por ejemplo). En Norteamérica existen motivos similares (por ejemplo, entre los Winnebago y los Cherokees). En el Norte de América existe otro mitema especialmente curioso, y generalizado en el mundo: el muerto (o la muerta) no puede volver al exterior porque ha comido una pequeña porción del “alimento de los muertos”. Este motivo es común, no sólo en Grecia (es el mito de Perséfone, que no puede regresar porque ha ingerido un grano de granada), sino también en Próximo Oriente, en Japón, o en el África subsahariana.

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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