El Huevo Cósmico

Bibliografía: 

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Temas principales: 

Huevo Cósmico: (1-1), (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Análisis:

En numerosas culturas se piensa que el mundo fue creado a partir de un Huevo Cósmico. En algunas versiones se sostiene que este huevo fue "puesto" por un pájaro celestial en las aguas primordiales. Sea como sea, es una forma intelectualizada de afirmar que todo en nuestro Universo estaba "contenido" dentro de las cáscaras de ese huevo. El huevo, en su expresión de "huevo de Pascua", es un símbolo de la renovación o regeneración de la Naturaleza (simbología compartida por el árbol sagrado, que en Europa ha subsistido en la forma del May-pole y del "árbol de Navidad"). A veces, ambos símbolos están unidos: los árboles (de año nuevo, de mayo, de San Juan...) son decorados con huevos o con cáscaras de huevo. Según Mircea Eliade el huevo, más que un símbolo, es un "signo críptico" que representa la idea de la regeneración natural. Su enorme antigüedad está fuera de toda duda: por ejemplo, los íberos de la Península Ibérica escondían huevos en las paredes de sus casas. Marija Gimbutas sostiene que su simbolismo se sustenta menos en el nacimiento que en el renacer, “el cual se manifiesta en la repetida y cíclica creación del mundo”. 

Según Juan Eduardo Cirlot (Diccionario de símbolos), el huevo es un emblema de la inmortalidad. Simboliza lo potencial, el germen de la generación, el misterio de la vida. También se lo asocia con el nacimiento del hombre, y del mundo: los chinos lo llaman Pan Gu, y los hindúes Purusha. Existe la costumbre, en Pascua, de poner un huevo en un surtidor: el “huevo que baila”. Se piensa que ello sucede porque en esas fechas el Sol danza en los cielos. Según Chevalier (Diccionario de los símbolos), el huevo contiene el germen a partir del cual se desarrolla la manifestación de todo lo existente. Es un símbolo universal que se explica por sí solo. El nacimiento del mundo a partir de un huevo es común entre muchos pueblos. También se asocia a la serpiente, especialmente entre los celtas. El “hombre primordial” nace de un huevo (véase más arriba). A veces el Huevo Cósmico nace en las aguas primordiales, el Nun de los egipcios (véase Océano Creador), y es incubado por la oca, como sucede en la India y en Egipto (sobre el simbolismo de la oca, véase más abajo). Finalmente se divide en dos mitades, que dan origen al Cielo y a la Tierra. 

El huevo desempeña el papel de un arquetipo de la Totalidad, pues sucede al Caos, como un primer paso hacia la organización: comprende el Cielo y la tierra, las aguas superiores y las inferiores. La diferenciación procede de él, siendo por ello un paso intermedio entre el Caos y el Orden. También es un símbolo de renovación periódica, al igual que sucede con el árbol. Anticipa la resurrección, que no es un renacimiento, sino un retorno o repetición (Mircea Eliade). Tiene una lectura cíclica, temporal, ya sea cosmológica o biológica. De ahí que se hayan descubierto huevos de arcilla en numerosas partes del mundo, interpretados como emblemas de la inmortalidad y de la resurrección. Éste es el motivo por el cual los iniciados del Orfismo griego prohibían el consumo de huevos, puesto que éstos están asociados a la “rueda de los nacimientos”; y los órficos, como los hindúes, pretendían escapar del Samsara (las reencarnaciones sucesivas). 

El huevo también simboliza la propia existencia. Nótese la típica pregunta: ¿Qué fue antes, la gallina o el huevo? El enigma no tiene solución, porque “la gallina está en el huevo, y el huevo en la gallina”. Una paradoja que se resuelve con la idea de que la dualidad se absorbe en la unidad, y lo particular en lo universal. Pero, tal como apunta Jung, el hombre moderno se siente cada día más aislado en el Universo, porque está perdiendo aceleradamente este tipo de referentes arcaicos. Salvando algunas reminiscencias, convertidas en ritos o en hábitos (como el árbol de Navidad o el huevo de Pascua, con un indiscutible sabor “pagano”): "Ningún río contiene un espíritu, ningún árbol es el principio de la vida de un hombre, ninguna serpiente es la representación de la sabiduría, ninguna montaña o cueva aloja a un gran demonio". 

Éste no era el caso en la Antigüedad, tiempo en que había un lenguaje simbólico con una serie de arquetipos relacionados entre sí. Más arriba hemos comprobado que existe un vínculo entre el huevo y el Árbol del Mundo. Pero también lo hay entre aquél y la serpiente. Éste es claro en las edades del cobre y del bronce en Europa. William Stukeley (1687-1765), uno de los pioneros en el estudio de estas culturas antiguas, creó un culto denominado ofilatría (adoración a la serpiente), pues según él la serpiente era objeto de veneración entre los constructores de megalitos. En ocasiones estos monumentos no cobran sentido si no son contemplados "a vista de pájaro". Es el caso conocido de los geoglifos del sur de Inglaterra y de las enigmáticas figuras de Nazca, pero también de Avebury, de Stonehenge y de Carnac. Quienes los construyeron tenían una visión "en perspectiva" del monumento, como si pudiera ser observado en una proyección cartográfica. Stukeley llegó a sugerir que vista desde una gran altura -es decir, cartografiada- la disposición de los monolitos del conjunto de Avebury representaría una serpiente alargada, con un gran bulto (¿tragándose un huevo?) en su centro (representado por el henge de Avebury). Por cierto, la diosa céltica Anu, o Danu, era conocida asimismo como Ave. De ahí el nombre de dicho círculo de piedras (en forma de un huevo devorado por una serpiente), llamado Avebury. 

Esta relación entre megalito-huevo y serpiente es clara en Bush Creek (Ohio, Norteamérica). Allí existe un enorme túmulo, con 405 metros de longitud, que representa una serpiente devorando un huevo. Ello podría simbolizar un eclipse: el huevo sería el Sol, y se supone que la serpiente representaría la Luna ocultando el disco solar. Aunque tal vez sea más lógico considerar que el huevo representa la idea de fertilidad. En Japón existe una creencia similar. Me refiero en concreto a los monolitos tallados en forma de pirámide (de dos por cuatro metros) emplazados en el bosque que rodea la ciudad de Ena, en la región de Honsu (Japón central). Lo curioso del caso es que los habitantes del lugar creen que dentro de ellos residen serpientes benéficas, a las que alimentan con huevos depositados delante del monolito. 

Hemos visto cómo el huevo es un símbolo extendido por todo el mundo: el túmulo de Ohio (USA), el henge de Avebury (Reino Unido), el monolito-pirámide de Ena (Japón)... Todos ellos relacionan la serpiente con el huevo, símbolo de la fertilidad y del renacer por antonomasia. Pero el huevo se asocia también a otros símbolos primordiales: al árbol (véase arriba), al Océano Creador y a la Montaña Cósmica. Un caso prototípico de esto último lo encontramos en Egipto. Un mito cosmogónico común en esta cultura es como sigue: en la isla del tiempo primordial, que apareció en el origen del mundo, se produjo el milagro de la Creación. Con anterioridad la tierra y las aguas no estaban separados, y todo estaba oscuro; nada existía. Era la “era del Caos”. El Gran Loto apareció en medio de dicho Caos, sobre el cual estaba sentado el niño (Horus, el Sol, el primer primordial). Este loto tenía las características de un huevo, tal vez por la forma de la flor del loto cerrada. Horus Behdet (llamado “rey de los primordiales”) convirtió el Caos en Maat (un apelativo de la justicia y el orden). Este huevo primordial apareció en una montaña rodeada por el Océano primordial (el Nun). O al menos es así como se explica en la versión hermopolitana del mito: la Gran Montaña es el nom­bre dado a la isla de Fuego, el montículo primordial. Éste es el lugar de la creación original, donde la luz apareció por vez primera. Estaba situado en el Este, lugar de nacimiento del Sol. En di­cho lugar creció el loto (o el huevo) donde apareció el “niño divino”. Ésta es la forma -ciertamente ingeniosa- que emplean los egipcios para dar respuesta a la eterna pregunta: ¿cómo nació lo existente de lo no existente, la materia de la nada? Como hemos visto, en la isla pri­mordial fue creado lo increado a partir de un loto (o huevo) que surgió de forma espontánea. De esta manera, Horus se creó a sí mismo, y luego creó el resto del mundo. 

En definitiva, podemos definir algunos arque­tipos (la serpiente, el pájaro, la montaña, el árbol, el huevo) como “símbolos naturales”, que aluden a determinadas potencias de la Naturaleza. Por eso suelen ser “símbolos primigenios”, ligados a los niveles más primitivos de nuestra existencia como especie. Su supervi­vencia hasta el día de hoy es un ejemplo añadido de la persistencia de la memoria ancestral en las sociedades tradicionales (en menor medida, también en las modernas: es el caso del “huevo de Pascua” o del “árbol de Navidad”). Pero como hemos comprobado, detrás de esta supuesta simplicidad se esconde una profunda complejidad cosmológica. Podemos empezar a sospechar la existencia de fenómenos de “difusión cultural” cuando dichos símbolos primigenios se presentan de forma combinada: es el caso del dragón, mezcla de los símbolos “simples” del pájaro y de la serpiente (el primero alusivo a lo celestial, y el segundo a lo terrenal); o bien de la serpiente comiendo el huevo (hemos visto que hallamos esta imagen en Europa, en Japón y en Norteamérica). Lo mismo podemos decir de conceptos definitivamente complejos, con marcado carácter iniciático o esotérico. Es el caso del mandala indio, del huevo cosmogónico órfico, del kundalini hindú, o del uroboros de los alquimistas. 

De Alquimia voy a hablar a continuación, en relación a este símbolo. Arnau de Vilanova afirma, en el Rosario de los filósofos, que las especies de las cosas no se pueden transmutar si antes no se reducen (por disolución) a su materia prima. En definitiva, la primera obra del “filósofo” (o alquimista) es alcanzar la “materia prima”. Ella es la que posteriormente permitirá conseguir la platinidad (especie de la plata) o la aurinidad (especie del oro), tras la reducción alquímica de la “materia bruta” a la “materia primera”. Puesto que, según Eugenio Filaleteo (El arte hermético al descubierto) “esta materia universal contiene en sí todos los secretos misteriosos de todos los particulares, pues todo lo que contiene el sujeto contiene también las cualidades del sujeto”. Dicha “materia universal” es el “huevo filosófico” que incluye el principio del azufre y del mercurio, además de los cuatro elementos y la quintaesencia (Reinhard Federmann, La Alquimia). De acuerdo con Fulcanelli, en Las moradas filosofales, la materia prima es la tierra que nutre a los metales muertos, y les permite crecer, fructificar y multiplicarse. La materia prima es, pues, el mercurio de los filósofos, del que hablé en otro lugar. En definitiva, el huevo –en Alquimia- representa a la materia prima, condensación de los cuatro elementos. Por otro lado, el “huevo hermético” es el alambique, o bien el atanor, en el que tiene lugar el “magisterio” alquímico. 

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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