Árbol Sagrado

Bibliografía: 

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Temas principales: 

Árbol del Mundo, de la Vida o del Conocimiento: (1-1), (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Fruto del Árbol de la Vida: (1-1), (1-2), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2). 

Serpiente o gigante guarda el árbol: (1-1), (1-2), (1-3), (1-4), (2-1), (2-3), (2-5), (3-3). 

Análisis: 

El árbol es un motivo recurrente en la mitología universal. Por lo general, suele representar el vínculo entre el mundo sensible y el suprasensible (ultramundo o submundo, dependiendo de cada contexto cultural). Con él, el chamán, o el espíritu del muerto, se eleva o desciende a otras áreas de la realidad. El Árbol del Mundo hunde sus raíces en el submundo, y eleva sus copas hasta lo más alto del Cielo; aunque a veces, como sucede en la mitología hindú, puede estar invertido. La explicación de esta inversión -el hecho de que el Árbol del Mundo tenga su copa en el suelo, y sus raíces en el Cielo- sería que el Creador habita en las alturas; y por pura lógica la raíz se localiza en el lugar donde reside la deidad. El árbol representa también el "Árbol de la Vida". La caída de las hojas y la aparición de nuevos brotes se asocia a la idea de regeneración. De ahí que en numerosos puntos del planeta se desarrollen ritos de fecundidad en torno a los árboles. Uno muy extendido es el del May-pole (en su expresión inglesa): un árbol alrededor del cual la gente baila, para que tanto ellos, como su ganado, gocen de fertilidad.

Según apunta James Frazer en su obra La Rama Dorada, en ocasiones se pone en su copa un gallo de hierro. Ello nos lleva al símbolo del “pájaro en el eje del mundo”. Un ejemplo lo tenemos en la llamada Piedra de Chalco azteca, la cual presenta un Árbol Cósmico con un pájaro de cuyo pico sale el glifo del canto. Éste es un caso muy repetido (véase el símbolo referido al pájaro). Según Mircea Eliade, la figura del Árbol Cósmico es un motivo corriente en el arte paleooriental. Por ejemplo, existe gran similitud entre la representación india prevédica (de Mohenjo-Daro) y sumeria del árbol sagrado. El árbol está asociado asimismo al elixir de la vida (al agua de la vida, a las manzanas de la inmortalidad, al soma...), así como a la serpiente-dragón o al gigante que lo protege. Como el pilar y la montaña (o cualquiera de sus réplicas: zigurats, pirámides, stupas, pagodas, túmulos, etc.), puede ser un eje o centro del mundo, y como tal un poste o columna del Sol (un gnomon). En ocasiones en sus raíces y en sus ramas residen la serpiente y el pájaro; nótese más adelante la significación de estos dos símbolos.

Entre numerosas culturas (como la germánica o la cananea) los primeros santuarios eran los bosquecillos naturales. En el siguiente párrafo de la Biblia está claro el protagonismo que tanto éstos como los "lugares altos" (las montañas) tenían en las religiones cananeas: "Yahvé me dijo, en tiempos del rey Josías: ¿No has visto lo que ha hecho el apóstata Israel? Se fue debajo de toda montaña elevada y de todo árbol verde y se prostituyó allí" (Jeremías 3, 6). Algunas sociedades eligen un árbol, como si concentrase las cualidades esenciales de lo sagrado: entre los celtas, la encina o el tejo; entre los escandinavos, el fresno; en Alemania, el tilo; en la India, la higuera (es el árbol Pipal, o Asvattha); nótese que de él obtenían los hindúes la “bebida de la inmortalidad”: el soma. El árbol se asocia asimismo a determinadas deidades: Attis al abeto, Osiris al cedro, Júpiter a la encina o el roble, y Apolo al laurel.

El Árbol del Mundo, según Giorgio de Santillana y Hertha von Dechend (El molino de Hamlet),es un “eje del mundo”, del mismo modo que lo podría ser la montaña, el omphaloso el pilar. Pero desde mi punto de vista es algo más complejo. Suele estar ligado a “lugares de emergencia”, u ori­gen. Y está vinculado al Diluvio. Es tanto el “Paraíso del origen” como el lugar de residencia de los dioses. Nótese por ejemplo la acepción tamán entre los malayos, que alude a “jardín”. Este tamán podría ser, según Habacuc 3,3, el lugar de donde proviene Yahvé (en el monte Temán); y podría constituir la residencia de Osiris (en el Amenti). En la tradición hebrea constituiría el Jardín del Edén. Entre los hindúes, el “paraíso”, así como el árbol que lo señorea (de nombre Jambu), está en el Centro (en Ilavrit, donde se sitúa el monte Meru), pero su simbolismo supera al de un mero eje u ombligo del mundo. Pues también es, por así decirlo, el recurso que facilitaba el sustento del género humano cuando éste convivía con los dioses, lo cual les otorgaba —como su­cede en el mito hindú— unas vidas milenarias. De ahí la expulsión de Adán y Eva del Paraíso (en el Génesis hebreo), para evitar que pudieran comer del “Árbol de la Vida” (de la inmortalidad) en el Edén.

Según Juan Eduardo Cirlot (Diccionario de símbolos) el Árbol del Mundo es uno de los símbolos esenciales de la Tradición. El árbol representa, en el sentido más amplio, la vida del Cosmos. Como símbolo de “vida eterna” equivale a la inmortalidad. Su forma vertical lo convierte en eje, y en polo, que une el Cielo con el inframundo. Se le asimila a la escalera y a la montaña, como emblema de la interrelación entre los tres mundos: inferior, terrestre y celestial; hasta tal punto que en algunos mitos, especialmente en el Sudeste de Asia y en la Polinesia, el Árbol del Mundo “tapona” la entrada al Paraíso, o bien al Infierno. Por ejemplo, Mircea Eliade escribe en su obra El chamanismo y las técnicas arcaicas del Éxtasis: “Entre los pueblos más arcaicos de la península de Malaca, entre los Pigmeos Semang , hallamos el símbolo del Eje del Mundo: una roca enorme, Batu-Ribn, se yergue en el centro del mundo; debajo se encuentra el Infierno. Antiguamente en Batu-Ribn se elevaba hacia el Cielo el tronco de un árbol (Schebesta: Les pygmées du Congo belge). Según los informes recogidos por Evans, una columna de piedra, Batu Herem, soporta el Cielo: su cima atraviesa la bóveda y sale por encima del cielo de Taperu, en una región llamada Ligoi, donde habitan y se divierten los Chinoi. El Infierno, el centro de la Tierra y la ‘puerta’ del Cielo se encuentran en el mismo eje, y por éste se efectuaba antaño el paso de una región cósmica a otra”. En Polinesia existe un mito similar (véase más abajo).

El “eje del mundo” implica asimismo la condición de “centro del mundo”, y por tanto, de lugar central. Existen tres categorías básicas por lo que se refiere a este símbolo: Árbol del Mundo (Árbol Cósmico), Árbol de la Vida (árbol de la inmortalidad) y Árbol del Conocimiento (del bien y del mal). El Árbol de la Vida adquiere a veces la forma de frondas o entrelazados (es el caso de la llamada “flor de la vida”), o incluso de laberintos, simbolizando el carácter complejo (laberíntico) de la experiencia vital. Como Árbol Cósmico aparece en ocasiones invertido, con las raíces en el Cielo y las ramas en el inframundo, señalando que la vida en la Tierra es una emanación de un mundo celestial más perfecto, y por ende superior. Así, en el Rig Veda (I, 24, 7): “Hacia abajo se dirigen las ramas, arriba está la raíz, ¡desciendan sobre nosotros sus rayos!”, y en el Katha Upanishad (VI, 1): “Ese Asvattha eterno, cuyas raíces están arriba y cuyas ramas están abajo, es lo puro (cukram), es el brahmán, es lo que se llama la no muerte. Todos los mundos descansan en él”. No es ésta la visión que tenían los escandinavos, que ponían las raíces de su árbol (Yggdrasil) en los infiernos, las cuales eran roídas por la serpiente Nidhogg.

Pero como he dicho más arriba, el árbol adquiere asimismo la función de “fuente del conocimiento”. Ello tiene su lógica, puesto que representa el Cosmos, y éste –necesariamente- es el origen (y el propósito) de todo conocimiento. En sus raíces se concentran –como hemos visto- los dragones y las serpientes, que representan las fuerzas primordiales; en el tronco se sitúa la ardilla, o se recuesta el gigante que vigila sus frutos; en la copa descansan las aves (simbolizando el alma y las potencias superiores) o los cuerpos celestes (como el Sol y la Luna). La serpiente, a veces (Yggdrasil entre los nórdicos, Hikule’o entre los polinesios), rodea el árbol, simbolizando su potencia y virtualidad originaria (aquella que se manifiesta en las distintas expresiones del ser). En el árbol se deposita el fruto de la inmortalidad, las luminarias del Cielo (en el caso chino), o el tesoro sagrado (el Vellocino de Oro, en el mito griego). El árbol, por último, se ha convertido en un símbolo miniaturizado (es la vara del sacerdote o del chamán), o en un icono representativo del mundo, de acuerdo con la visión mística (es el “árbol sefirótico” de la Cábala). Cuando la vara, o el palo, se combina con la serpiente, caracteriza al emblema del dios sumerio Ningizzida (dos serpientes enroscadas a un palo) y al Caduceo hermético, como símbolo de la medicina y de la paz. En otros casos este mito pervive como una tradición: por ejemplo, pocos occidentales son conscientes de que cada vez que "tocan madera" (en previsión de un acontecimiento futuro) están intentando calmar los espíritus del Árbol Cósmico; de que cuando adornan el árbol de Navidad con luces o regalos, durante el solsticio de invierno, están realizando una invocación para persuadir al Sol de que vuelva a brillar; o de que cuando el huevo (estilizado en forma de bola) decora el árbol (de Navidad, de San Juan, de Mayo...) están rememorando el símbolo del Huevo primordial.

Jean Chevalier y Alain Gheerbrant (Diccionario de los Símbolos), por su parte, consideran que el árbol representa la idea del Cosmos vivo en perpetua regeneración, o la vida en continua evolución, o en ascensión hacia el Cielo. También simboliza el carácter cíclico de generación, crecimiento, muerte y renacimiento; pues cada año se despoja de sus hojas, que posteriormente vuelve a recuperar. El árbol pone en relación el mundo ctónico (terrenal) y el mundo uránico (celeste). Representa el Cosmos en su conjunto, pues incluye los cuatro elementos en su seno: el agua circula por su savia, el aire alimenta sus hojas, la tierra lo nutre a través de sus raíces, y el fuego surge del frotamiento de la madera.

Por lo que se refiere a sus diferentes expresiones míticas, la variante más conocida del mito del Árbol Sagrado es la expuesta en el Génesis hebreo. Según éste: “Había plantado Dios, en Edén, a Oriente, un jardín delicioso, en que colocó al hombre que había formado” (Génesis 2, 8). En él había árboles de todas clases; entre ellos, el Árbol de la Vida y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal. Yahvé les prohibió que probaran los frutos del Árbol del Conocimiento, porque en ese caso morirían. Un día Adán y Eva, desoyendo esta prohibición, comieron de él, y Yahvé, cumpliendo su promesa, los expulsó del Paraíso. Para garantizar que nunca comerían del Árbol de la Vida (que los haría inmortales), Yahvé situó en la puerta del Jardín un querubín blandiendo una espada de fuego. En el mito griego, el relato es como sigue: “Al otro lado del ilustre océano, [las Hespérides] cuidan las bellas manzanas de oro y los árboles que producen el fruto” (Hesíodo, Teogonía, 215).

Ya hemos visto (Génesis 2, 8) que nuestros padres míticos según la tradi­ción hebrea (Adán y Eva) fueron expulsados del Jardín del Edén con la intención de que, una vez que habían adquirido la sabiduría (al haber comido del “fruto del conocimiento”), no comieran a su vez el fruto del “Árbol de la Vida”, y así se hicieran inmortales. Por su lado, según Hesíodo (Teogonía, 215), en el Jardín de las Hespérides las hijas de Atlas cuidaban el fruto de la inmortalidad, con el concurso del dragón Ladón. El Árbol de la Vida, que al mismo tiempo lo es de la in­mortalidad (tal sucede en la mitología escandinava) es una idea univer­sal que, según Carlos Cid (Historia de las Religiones, página 50)“[está] tan extendida por lugares tan distan­tes, desde Escandinavia hasta una gran parte de Asia y en general todo el Viejo Mundo, que debe admitirse un extraño y remoto intercambio de ideas, o bien una ‘forma común de pensar’, básica e innata a una gran parte de la humanidad”.

Según los sumerios, en la región de los dioses, llamada Iku, o “campo primordial”, crecía el árbol mesu, “carne de los dioses, adorno de los reyes”, el cual “tiene raíces en el ancho mar, en las profundidades de Arallu, y su copa alcanza el alto Cielo”. Árbol mesu (Árbol de la Vida), sabios y dioses primor­diales, isla en medio del mar… De nuevo el paisaje que nos remite al principio, a los orígenes: al Paraíso primigenio. En el Amenti egipcio, Osiris, rey del lugar, está sentado junto al lago Aaru (o Aalu), en el Campo de la Paz, y comparte con los dioses la comida del “Árbol de la Vida”; come higos y uvas, bebe vino, y saborea el “pan de la eternidad”, así como la “cerveza de la inmortalidad”. Este lugar fértil y paradisíaco tiene muchos puntos en común con el Edén hebreo.

En las islas de la Micronesia se conserva asimismo un mito similar al del Edén, que incluye, como éste, no uno, sino dos árboles sagrados: “En el comienzo del mundo existía un jardín con dos árboles. Los hombres y las mujeres vivían aparte (ellos en un árbol, y ellas en otro). El dios Na Kaa abandonó el jardín por una temporada, y los hombres y las mujeres dieron rienda suelta a su lujuria en uno de los árboles. Na Kaa, al enterarse, les dijo que no habían elegido el Árbol de la Vida, sino el de la muerte. Posteriormente los arrojó del jardín, y echó sobre ellos el peso de las cargas de la enfermedad y de la muerte”. También en Oceanía, más en concreto en Polinesia, existen referencias a árboles del mundo; como sabemos asociadas a una serpiente primordial: el dios Hikule'o de Samoa tiene cola de reptil, que rodea el Árbol del Mundo, apretándolo de tal modo que sus hermanos le tienen que atar para que no lo rompa. Nótese que en el mito nórdico la serpiente Nidhogg aprieta el Árbol del Mundo Yggdrasil (y lo roe), tratando de destruirlo, lo que es impedido por la ardilla Ratatosk.

En la mitología azteca existe la figura del árbol quebrado del jardín paradisíaco llamado Tamoanchan. La importancia de este árbol, que tiene forma de T, es tal que “algunos pueblos, como por ejemplo los mixtecos…, se decían descendientes de los árboles e ilustraban su origen con un hombre saliendo por un tronco quebrado”. El “árbol que se partió” es el icono en los códices mexicanos de ese primitivo reino”. Yaxche (“primero”) era el Árbol de la Vida maya, considerado el “centro del mundo”. Se lo llamaba asimismo Kapok (“verde”). La cruz (o Tau) era vista como una representación icónica de dicho árbol-eje central.

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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