El Océano Creador

Bibliografía: 

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Temas principales: 

Océano Primordial: (1-1), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-2), (5-3), (5-4). 

Dragón o serpiente del Océano Primordial: (1-1), (1-4), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Análisis:

En todos los corpus míticos se considera que el Océano ha existido antes que el resto del Universo, y expresa el depósito de las aguas (de la materia) del que surgió la Vida. Pero la Creación en sí misma fue realizada por el Cielo y la Tierra, y sus dioses tienen preeminencia sobre los del Océano. Como veremos más abajo, en algunas tradiciones el Océano luchó contra la Tierra y el Cielo para retener al menos parte del poder. Es la lucha primordial entre el Caos (el Océano) y el Orden (la nueva generación de dioses), en la que estos últimos son a la postre vencedores.

En la presente sección se va a estudiar el Océano, uno de los mitemas más repetidos en la tradición universal, desde diferentes perspectivas. Por supuesto, como la “materia prima” de la que surge el mundo y la vida, simbolizada por una serpiente –o dragón- que ha de ser derrotada y despedazada (como así sucede en otro mito primigenio: el del gigante primordial) con el fin de crear el Universo. El Océano es la primera generación de entidades de la Creación, a partir del cual surgieron nuevas generaciones de dioses. A continuación los gigantes tomaron el mando, hasta ser destruidos –como le sucedió a la generación anterior de criaturas primigenias- por un Diluvio (o cualquier otro tipo de catástrofe, del tipo que sea: por fuego o por agua). La lucha entre el dios y la serpiente marina simboliza el conflicto entre el orden y el caos, y también entre las diferentes especies de seres de la Creación; en el contexto bíblico Yahvé combate contra Leviatán, una miniaturización del Tiamat babilónico. El Océano es también el lugar donde aparece el “huevo primigenio”, o la isla primordial, o la montaña del origen, o el loto divino; diferentes expresiones que pretenden simbolizar el nacimiento de lo complejo a partir de lo simple, y del orden a partir del caos. Esta imagen no tiene consistencia lógica, pero es un recurso efectivo –y económico- para ilustrar el gran misterio de la Creación del Todo a partir de la Nada primordial. A veces el Huevo Primordial es puesto por un ave que, cómo no, representa el Espíritu Creador. El compromiso de éste es tal que no sólo pone la semilla de la creación, sino que además, buceando en los abismos del Océano, obtiene el lodo con el cual conforma la Tierra emergida, donde ha de desarrollarse el gran drama de la Vida. Hemos de destacar, asimismo, que el Océano es visto como un “río circular” que circunda el mundo. Es por ello que a veces se lo representa como una serpiente que rodea la Tierra. Ello se expresa, gráficamente, como la “serpiente que se muerde la cola”: el uroboros de los alquimistas. 

Según Juan Eduardo Cirlot (Diccionario de Símbolos) el Océano es el “origen de toda generación”, y no en vano, “la ciencia confirma que la vida comenzó en el mar”. Asimismo, “conforme al simbolismo general de las aguas, dulces o saladas [véase más abajo], el océano simboliza el conjunto de todas las posibilidades contenidas en un plano existencial”, que incluyen un aspecto positivo (germinal), y otro negativo (destructor). Por ello el Océano tiene una condición ambivalente: es creador de monstruos en la morada abisal (una fuente caótica de vida primaria o bestial), pero con su derrota a manos del héroe solar aparece un “Sol nuevo”, que se refleja en unas aguas fecundas, propicias a la vida y a potencialidades más elevadas del ser. Las aguas son el principio y el fin de todas las cosas en la Tierra. Como señala el Génesis, hemos de distinguir las aguas superiores de las inferiores. Las primeras corresponden a las posibilidades virtuales de la Creación (la protomateria): “La Tierra estaba confusa y vacía, y las tinieblas cubrían la faz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas” (Génesis 1, 2). Las segundas conciernen a lo ya determinado. Así, tenemos en Génesis (1, 6-10): “Dijo luego Dios: ‘Haya firmamento en medio de las aguas, que separe unas de otras’, y así fue. E hizo Dios el firmamento, separando aguas de aguas, las que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento”… ”Dijo luego: ‘Júntense en un lugar las aguas de debajo de los cielos, y aparezca lo seco’. Así se hizo, y se juntaron las aguas de debajo de los cielos en sus lugares y apareció lo seco; y a lo seco llamó Dios tierra, y a la reunión de las aguas, mares”. 

Jean Chevalier (Diccionario de los Símbolos) sugiere que la Biblia incorpora en su cuerpo el simbolismo mesopotámico de las aguas primordiales; temibles incluso para los dioses. Según las cosmologías babilonias, Tiamat (el Mar), después de haber contribuido a dar nacimiento a los dioses, fue vencida y sometida por uno de ellos (Marduk). Se atribuye a Yahvé una victoria semejante: contra Leviatán (una expresión menor de Tiamat), pues era Su obligación tener sujetos al mar y a los monstruos, sus huéspedes (Job 7, 12). El mar es el símbolo de la Creación, y su sometimiento es el de la criatura (en este caso el monstruo acuático que simboliza el Océano, o el Caos primordial) a manos del Creador. El Océano representa las aguas inferiores, sobre las cuales aletea el espíritu divino (el pájaro, simbolizando al “espíritu de Dios” de Génesis 1, 2), y es donde nace el brote original (el huevo, el loto, la isla). En la India, los Deva y los Asura (demonios y dioses al unísono) lo baten y así extraen el amrita, el elixir de la inmortalidad. Puesto que el mar constituye también el símbolo de las aguas superiores, la esencia divina. En las mitologías egipcias, el nacimiento de la Tierra y de la Vida se concibe como una emergencia del Océano. Tanto Atum como Horus nacen del Nun (las aguas primordiales); según unos, en un loto; según otros, en una isla. Es así que la Creación, también la de los dioses, surge de las aguas primigenias. 

El mar primordial (el Nun) es llamado entre los egipcios el “Gran Verde”, el “Océano que rodea el mundo”, el Océano Primordial que contiene el potencial de vida, y es identificado con la masa de agua inerte anterior al desarrollo del Cosmos. De ahí que se lo llamara “el gran círculo” (que circunda todos los continentes). Sin embargo, en los primeros tiempos sólo había una tierra que contara; una isla que recibe diversos nombres: “isla del fuego”, o bien “isla de las dos llamas”. Este lugar mítico, situado en el Este, que aparece en la literatura fune­raria de los Textos de las Pirámides, está conectado con el mito de la creación del mundo, siendo el emplazamiento en el que el Sol (Horus) derrota a sus enemigos (los monstruos acuáticos al servicio de Seth), y posteriormente disipa las tinieblas del Nun con sus dos llamas (el Sol y la Luna). En la cosmogonía de Hermópolis es el lugar en el que el dios solar aparece en la “montaña primordial” (el benben), rodeada por el Nun. Éste es representado en los santuarios como un lago sagrado, que simboliza la “no existencia” antes de la creación. Los egipcios imaginaban que Nun continuaba existiendo, rodeando el firmamento celeste. Por ello, como los celtas, siempre temieron que Nun cayese estrepitosamente a través de los cielos e inundase la Tierra (la célebre “caída del cielo” de tantas culturas universales). Por lo tanto, el concepto de Nunenlazaría con la idea histórica de una inundación mundial, un acontecimiento que pudo marcar el final de una civilización y el inicio de una nueva era. 

Ello es expresado tanto en las paredes del templo de Horus, en Edfú, como en algún papiro antiguo. Por ejemplo, según la egiptóloga Penelope Wilson, en Edfú se relaciona el concepto cabeza abajocon un mito del Diluvio: “La palabra [cabeza abajo] es usada asimismo para describir la acción del diluvio. Después de que el diluvio ha ocupado el territorio, se sumerge en él como un bote volcado para verter su contenido [el agua], lo que implica la inversión cabeza abajo de las aguas del diluvio en la tierra”. Este diluvio es asociado, no al Nilo, sino al Gran Verde, es decir, al Océano: “El diluvio del Gran Verde” (A Lexicographical Study of the Ptolemaic Texts in the Temple of Edfu. Página 1626). Asimismo, el poema egipcio titulado Libro de los cantos eficaces para repeler al habitante de las aguas (F. Chabas, páginas 96 y 97) reza así: “Yo soy Shu, bajo la figura del Sol, / sentado en medio del ojo de su padre. / Si abre, lo que está sobre el agua [el monstruo], su boca, / si él se mueve con sus patas, / yo haré caer la Tierra en el depósito del agua [el Océano], / convirtiendo el mediodía [el Sur] en Norte, / siendo el mundo el mismo”. F. Chabas interpreta estos versos de la siguiente manera: “Si el cocodrilo [el monstruo marino] no se detiene en su marcha, el encantador lanzará la Tierra en el Océano celeste e invertirá el mundo poniéndolo del revés”. Ello implica que los egipcios: 1) conservaban un mito del Diluvio (“yo haré caer la Tierra en el depósito del agua”) y 2) tenían una noción de la “inversión de los polos” (“convirtiendo el mediodía en Norte”). Más adelante abundaré en este tema.

Las aguas se vinculan con la sabiduría. El abismo alude a lo misterioso. Oannes, personaje mítico que revela a los humanos la cultura, es representado como mitad hombre y mitad pez (ver la sección “Héroes culturales”). Enki, dios sumerio de las aguas, también lo era de la sabiduría. En el mito mesopotámico encontramos la historia de los “siete sa­bios”: Ea, el equivalente babilónico del sumerio Enki (dios de las aguas dulces y de la sabiduría), en los tiempos previos al Diluvio, envió siete sabios divinos en forma de hombres-peces desde el Apsu (océano de agua dulce subterránea) a los habitantes de la Tierra, para enseñarles las artes de la Civilización. Tras ofender a los dioses, fueron devueltos al Apsu (el lugar de donde provenían). 

Entre los mesopotámicos el Océano es considerado como la matriz del Universo, de donde salió la primera pareja divina: Apsu (el agua dulce, considerado como una especie de pozo insondable) y Tiamat (principio femenino de las aguas saladas). Ellos engendraron una segunda generación de dioses, Lakhmu y Lakhamu, una especie de serpientes monstruosas, y luego, una tercera, Anshar (masculino) y Kishar (femenino), los cuales gestaron al dios de los cielos Anu, quien a su vez engendró a Ea (o Enki). Como hemos visto más arriba, la quinta generación (Enki), que a su vez engendra a Marduk, destrona al Océano Primordial como entidad regente del Cosmos. Ello provoca una guerra (entre Marduk y Tiamat) que a la postre ganará la nueva generación de dioses. De este modo es creado el mundo (con el cuerpo de Tiamat), así como la estirpe humana (con la sangre de Kingu, esposo de Tiamat). Asimismo la nueva generación de dioses se apodera de las tablas del destino, que anteriormente atesoraban los dioses primigenios. (En otra versión Nammu, el mar infinito, engendra una montaña cósmica formada por el padre Cielo An y por la madre Tierra Ki; la semiesfera inferior, invisible, es el dominio de Kur, el infierno. Entre Cielo y Tierra está Lil, el aire. De esta unión nació Enlil, el dios del aire, y el resto de las divinidades.)

Estas batallas míticas, de proporciones colosales, en las que aparece el Océano como uno de los contendientes, podrían tener carácter cíclico. Constituirían los Pralayas de la tradición hindú (el fin –o el comienzo, según como se mire- de los ciclos cósmicos). En el Maitrayana Brhamana Upanis­had encontramos el siguiente pasaje: “Se secan los grandes océa­nos, se caen las montañas, se mueve la estrella polar, se cortan las cuerdas del viento (que sujetan las estrellas), la tierra se sumerge y los dioses (suras) se marchan de su lugar”. Y en el Kumulipo polinesio (el Himno hawayano de la Creación) este otro: “Ahora se invierte el balanceo del tiempo sobre el mundo calcinado / el gran giro de las cosas vuelve a ir hacia atrás, / pues todavía es un tiempo sin sol, de luz neblinosa; / vacilante, como en el pálido rielar de la luna, / asomando del velo de las nubes, oscuro como la noche de Makalii, / se estremece, como una sombra, / la prefiguración del mundo futuro” (Giorgio de Santillana. El molino de Hamlet. Página 234). Los Pralayas, en los que el Océano juegan un importante papel (a través de olas gigantes que alcanzan las más altas montañas, o bien de desplazamientos de la corteza terrestre que cambian de ubicación las tierras emergidas; e inclusive las estrellas del Cielo), son una expresión inquietante del incommensurable poder del Océano. Pero éste no era visto por los antiguos únicamente como una fuerza arrolladora y amenazadora (expresada en el tridente de Poseidón, dios del Océano, y también de los terremotos), sino como una frontera. El Océano es el “río que circunda el mundo”, más allá del cual podemos encontrar la tierra primigenia: el país de los dioses. 

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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