El Héroe Civilizador

Bibliografía:

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Temas principales: 

Héroe Civilizador: (1-1), (1-2), (2-1), (2-2), (2-3), (2-4), (2-5), (2-6), (3-1), (3-2), (3-3), (4-1), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

El portador del fuego (mito de Prometeo): (1-1), (2-1), (2-5), (2-6), (3-1), (3-3), (4-2), (5-1), (5-2), (5-3), (5-4). 

Héroe cultural y Diluvio: (2-3), (2-5), (3-1), (3-3), (4-2), (5-3), (5-4). 

Héroe cultural como serpiente-dragón (o pez): (1-1), (2-1), (2-5), (3-2), (5-3), (5-4). 

El “trickster”, héroe cultural: ((1-1), (3-3), (4-2), (5-2). 

Análisis:

Después de la Creación del género humano, los mortales carecían de entendimiento, siendo unos meros muñecos de arcilla sin sensibilidad, raciocinio o conciencia. Fue necesario que se les dotase de “aliento de vida” para acabar la obra. Sin embargo, durante milenios aquéllos tuvieron que enfrentarse a las duras condiciones del entorno con recursos muy escasos. Sólo se verían capaces de doblegarlas, y de imponer sus propias reglas, a través de las ciencias y las artes; que son, en cierto modo, las bases de la Civilización. En una primera etapa, los conocimientos serían obtenidos por el mecanismo de “prueba y error”; pero en un momento dado parece como si el reloj de la Historia comenzara a ir más rápido, quemando etapas a velocidades vertiginosas. Los estudiosos denominan a dichas “rupturas” en la evolución de la Historia como “Revoluciones”: Revolución Neolítica, Revolución Industrial, Revolución Cibernética. Nadie sabe cómo ni por qué tuvo lugar la primera de esas “Revoluciones”. Pero significativamente la agricultura aparece casi simultáneamente en diversas partes del mundo. Según The Times Archaeology of The World, hacia el 8500 aC. en Perú, hacia el 8000 aC. en Palestina, y hacia esas mismas fechas en el Sur de China. La única excepción la encontramos en los valles altos de Nueva Guinea (en el Sudeste de Asia), donde se podría haber practicado la agricultura desde tiempos muy anteriores. Se trataría de una producción local de taro (un tubérculo) en los valles altos de esta isla; dichos cultivos estarían acompañados de canales de riego, lo que demostraría que no era un “experimento”, sino una práctica ya asentada y corriente en ese tiempo y lugar. Éste es uno de los mayores enigmas de la Prehistoria. En palabras de Robert J. Braidwood (El hombre prehistórico): “¿Por qué se dio primero en el Cercano Oriente la producción eficiente de alimentos? ¿Por qué sucedió de manera independiente en el Nuevo Mundo y, además, sólo poco después? ¿Por qué sucedió lo mismo en el Lejano Oriente?”. Desde mi punto de vista, sólo la hipótesis conocida como “difusionista” puede explicar esta circunstancia: un grupo de población pudo haber difundido por todo el planeta las bases de la Civilización, tal como la entendemos en el día de hoy.

Es un hecho evidente que hace unos 11.000 años se produjo en el llamado Creciente Fértil un cambio importante; pero en palabras de Jacques Cauvin (Naissance des divinités, naissance de l’agriculture) no existen pruebas incontrovertibles del origen de la agricultura en el área. Por otra parte, es harto curioso que ésta apareciese casi simultáneamente, hace 10.000 años (aproximadamente), en luga­res tan alejados, y aparentemente aislados entre sí, como América, el Creciente Fértil y China (véase más arriba). Se ha aducido que ello sería producto de unos cambios parecidos en las condiciones ecológicas como consecuen­cia del fin de la última Era Glacial. Sin embargo, no todas las sociedades participaron de las “bondades” de la llamada “Revolución Neolítica”.Muchas culturas han sido “paleolíticas” hasta fechas relativamente re­cientes (y aún queda algún caso aislado). Jacques Cauvin insiste en la escasa capacidad de convicción de la tesis “ambientalista” para explicar los inicios de la agricultura, de acuer­do con el “paradigma” expuesto por Gordon Childe (la llamada “Revolución Neolítica”):“Mureybet [un yacimiento de Oriente Próximo], lugar de transición, nos informa so­bre tres puntos esenciales: la ausencia de presión biológica en favor de nuevas estrategias [la agricultura], la significación social de la evolu­ción demográfica local, y el origen manifiestamente cultural de la nueva agricultura”.

La nueva estrategia productiva (la agricultura) está anticipada, según Jacques Cauvin, por la llamada “revolución de los símbolos” (éstos, un hecho cultural, se anticipan en milenios a los avances productivos). ¿Acaso ello es indicativo de una “influencia foránea”, fruto de la inmigración de Prometeos provenientes de un lugar desconocido? Ésta es la opinión de Eduardo Ripoll en su obra Prehistoria e historia del Próximo Oriente: “Aparte de los ya señalados hallazgos de Heluan, no se conoce en Egipto un período mesolítico bien definido. La existencia de un hiatus entre el Paleolítico y el Neolítico hace pensar en que éste pudo llegar de fuera ya formado y disolver la antigua civilización ya asimilándola, ya arrinco­nándola o haciéndola desaparecer”. Otros arqueólogos de renombre parecen confirman el origen foráneo de la Civilización. Por lo que se refiere a la cultura sumeria, en el sur de Iraq, C.L. Wooley dice así en su obra Ur, la ciudad de los caldeos: “Las leyendas sumerias que explican los comienzos de la civilización en Mesopotamia parecen implicar un influjo de gentes del mar, que no pueden ser sino los sumerios mismos”. Los sumerios, así pues, pudieron llegar al sur de Iraq desde el mar. Es más, arribaron con una civilización prácticamente conformada: “Durante todo el período representado por el crecimiento de montones de dese­chos… y por el cementerio primitivo, la civilización material del pue­blo, por lo menos en su aspecto doméstico, había cambiado notable­mente poco”. Al contrario, como sucede en Egipto, la evidencia arqueológica muestra que la civilización sumeria ya había alcanzado su zenit antes de que se fundara la primera dinastía. No son los únicos. Luca y Francesco Cavalli Sforza, en su libro Qui som? Història de la diversitat humana (páginas 149-150), se preguntan si los habitantes de las regiones donde se alzan los grandes megalitos, en Europa, los construyeron por sí mismos, o si “una gente capaz de construirlos había llegado a estas re­giones, y había establecido buenas relaciones con los locales, o quizás los había sometido con la fuerza de las armas. En cualquier caso les habrían convencido, u obligado, a ayudarlos a construir estas grandes construc­ciones, que tenían funciones de vivienda y de defensa, y tal vez también religiosas, políticas y astronómicas”. Éste, desde mi punto de vista, sería el caso de Göbleki Tepe.

Un hallazgo relativamente reciente parece demostrar que los que esparcieron las semillas de la Civilización por todo el mundo, en lugares aún sujetos a formas de vida primitivas (paleolíticas), serían una casta avanzada de sacerdotes y reformadores que se impusieron, de buen grado o por la fuerza, a los aborígenes de las tierras en las que se asentaron. Hasta fechas muy recientes no hemos tenido pruebas que corroboraran esta teoría, pero a finales del año 2008 la cosa cambió. Se hicieron públicos los resultados de las excavaciones del arqueólogo alemán Klaus Schmidt. El año 1994 este investigador, miembro de la Universidad de Heidelberg (y posteriormente, en 2001, del Instituto Arqueológico Alemán), con la colaboración del Museo Sanhurfa de Turquía, realizó unas excavaciones que, catorce años después, han revolucionado la interpretación de los “orígenes de la Civilización”. A unos quince kilómetros al noroeste de la ciudad turca de Urfa (o Sanhurfa, como también se la conoce), sacó a la luz un complejo arqueológico con al menos 11.500 años de antigüedad (aunque se estima que sus inicios podrían ser anteriores). Esta datación ha sido realizada a partir del empleo del radiocarbono, por lo que su fiabilidad está fuera de toda duda. El yacimiento se sitúa en un montículo que sobresale unos 17 metros sobre la superficie (de ahí su nombre, Göbleki Tepe, que en turco significa “montículo en forma de barriga”). Se han descubierto cuatro estructuras circulares u ovaladas conformadas por paredes de piedra sin labrar, con un diámetro de entre 10 y 30 metros, aunque los estudios geofísicos apuntan a la existencia de dieciséis estructuras similares aún no excavadas. El problema es que este yacimiento se anticipa en mil años a las primeras evidencias de agricultura en la zona. Y en seis mil años al que se creía –equivocadamente- el monumento de piedra más antiguo del mundo: Stonehenge. 

Este conjunto de tholos, o templos circulares, fue realizado por un pueblo que no había domesticado los animales de granja, que desconocía la agricultura, que no fabricaba cerámica… Por un pueblo que practicaba una economía cazadora-recolectora. Nos encontramos ante una anomalía similar a la del enigmático pueblo Jomon (véase más abajo), pero con características diferentes: el yacimiento de Göbleki Tepe (Turquía) sería contemporáneo al monumento sumergido de Yonaguni (sur de Japón), no muy lejano al ámbito cultural Jomon, que ha aportado los más antiguos restos de cerámica encontrados hasta la fecha (13.000 años aprox.), en una sociedad asimismo cazadora-recolectora. Si bien, volvemos a insistir, en Turquía el empleo de la cerámica es muy posterior que en la cultura Jomon. En definitiva, como afirma Ian Hodder, de la Stanford University: “Todo ello demuestra que los cambios socioculturales vinieron primero, y la agricultura después”. Lo que sugiere un nuevo enfoque en relación al estudio de los orígenes de la Civilización, pues la evidencia empírica demuestra que antes de ser implantada una auténtica sociedad agraria (es decir, Neolítica) llegaron los sacerdotes, que con la “cooperación” (no sabemos si voluntaria o obligada) de una mano de obra numerosa, alzaron los templos. Más adelante se desarrolló la agricultura, la ganadería, y el resto de las artes civilizatorias (la cerámica, la metalurgia, la producción textil, etc.). La arquitectura y la religión organizada (el templo Göbleki Tepe y la casta sacerdotal que lo regentaba) se anticiparon a la llamada Revolución Neolítica. 

En definitiva, la Civilización es algo más que la práctica de las técnicas productivas; ello incluye también el uso del Derecho, la práctica de una Religión (o culto), y el desarrollo de la escritura y de las artes en general. La Civilización es, pues, un “regalo de los dioses”, que permite al ser humano superar un estado de salvajismo para pasar a convertirse en un ser complejo, autoconsciente y racional. Los “héroes civilizadores”, en todos los casos, son personajes foráneos, ligados –o no- a la divinidad, que viajan por el mundo y, una vez acabada su labor, retornan por donde vinieron (generalmente, por el mar). En algunos casos están asociados a un grupo totémico, que podríamos llamar “de la serpiente”, del “dragón”, o de la “serpiente emplumada”. Aunque en este aspecto hay variaciones (los mayas asocian a su héroe, Tohil, con un murciélago). En ocasiones actúan a modo de “tricksters” (de burladores), puesto que arrebatan los conocimientos a los dioses para cederlos a los mortales; en algunos casos (el paradigma es el mito de Prometeo) el dios inmortal castiga al intermediario, hasta ser liberado por el héroe “mata-monstruos” (en este caso Hércules, el cual acaba con otros vestigios del “caos” primigenio, simbolizados por los dragones, los gigantes y otros seres dañinos). Pero aunque el propósito del “Prometeo de turno” sea acabar con el salvajismo y la barbarie (el canibalismo, las guerras intertribales, etc.), también se da el caso de que los mortales pervierten estos conocimientos, y hacen mal uso de ellos. Lo cual da origen al “castigo divino”; es decir, al Diluvio. Sea como sea, entre la llegada del “héroe cultural” y el Diluvio no pasa mucho tiempo. (A veces el Prometeo llega antes, y en ocasiones después, del Diluvio.)

Con variaciones, existen varias versiones en la mitología universal acerca del mito del “héroe civilizador” (Osiris en Egipto, Oannes entre los mesopotámicos, Quetzalcoatl entre los aztecas, Viracocha entre los andinos, etc.). En todos los casos este personaje es presentado como un benefactor de la Humanidad. El mito de Prometeo pertenece a la tradición griega. Según parece Zeus provocó un Diluvio sobre la Tierra con la intención de exterminar la raza humana. Fue Prometeo quien, conocedor de las intenciones del dios del Olimpo, avisó de ello a Deucalión (equivalente al Noé bíblico según la mitología griega), y así pudo salvarse (él y su esposa Pirra) construyendo una embarcación. Prometeo enseñó a los hombres la labor de los campos y la cría de los animales, así como las artes de la predicción del tiempo o del establecimiento del calendario, muy útiles para la agricultura. Pero es conocido sobre todo porque, burlando la guardia de Zeus, robó el fuego del Olimpo -cuya naturaleza y existencia era guardado como un valioso secreto por los dioses- y se lo entregó a los hombres. De este modo éstos ya no tuvieron que comer la carne cruda, pudieron forjar los metales, calentarse cuando tuvieran frío, y además defenderse y diferenciarse de las fieras. 

El mito de Prometeo pone de relieve una importante cuestión: nos da noticia de una deidad que facilita a la Humanidad el saber y la ciencia. En varios corpus mitológicos observamos la misma constante: el conocimiento no es algo que el hombre se labra por sí mismo, sino que es recibido del exterior. Los incas informaron a los españoles de que algunos de los monumentos colosales que abundan en su país fueron erigidos por una raza de dioses blancos, barbudos y de gran estatura, que vivieron allí antes de sus tiempos. Describían a estos soberbios arquitectos de estructuras ciclópeas como hombres sabios y pacíficos educadores, que -llegados a sus tierras muchos siglos atrás-, habían enseñado a sus ancestros los fundamentos de la agricultura, de la construcción, y de las buenas costumbres. Esta raza de fabulosos constructores estaba encabezada por Viracocha, autoproclamado “hijo del Sol”. Él y sus seguidores vestían largas túnicas, hasta los tobillos, y calzaban sandalias. En las estatuas pétreas de Tiahuanaco estos “apóstoles civilizadores” son representados con alas, a la manera de los ángeles del mundo semítico. Los aztecas hicieron una descripción similar a los hombres de Cortés acerca de Quetzalcoátl y sus huestes: hombres blancos y barbudos, vistiendo largas túnicas. Los etnólogos y antropólogos tradicionales se niegan a dar crédito a este tipo de relatos, considerando que menoscaban el protagonismo o el mérito de las poblaciones aborígenes en la conformación de sus civilizaciones. Pero esta percepción se contradice con la realidad: no sólo en el Nuevo Mundo existen elementos para pensar que la Civilización vino de fuera. 

En el conjuro CLXXV del Libro Egipcio de los Muertos leemos lo siguiente: “¡Oh Thoth! Respóndeme, ¿qué sucedió con los dioses que Nut dio vida en otro tiempo?... Han engendrado guerras, desencadenado desastres, cometido calamidades, creado demonios, hecho estragos y destrucciones; pero también, al lado de estas Obras del Mal, realizaron grandes cosas”. ¿Quiénes eran esos dioses de otros tiempos, que realizaron grandes cosas? ¿Los bhrigus de la mitología hindú, seres mitológicos que, como Prometeo o el maya Tohil, descubrieron el fuego y luego lo trajeron a los hombres? ¿Los espíritus nimis que enseñaron a los aborígenes australianos a pintar sus célebres pinturas sobre roca, conocidas como wandjina? ¿Los rutenu egipcios, personajes pelirrojos con ojos azules, tal vez de raza escítica, que estarían en la base de la estirpe de Osiris, dios civilizador por excelencia? ¿Los “ángeles caídos” hebreos (Azazel, Semjaza, Armaros, etc.) que, como Prometeo, revelaron a los hombres los secretos eternos que fueron preservados en el Cielo, y que al igual que el titán griego, recibieron en la Tierra un severo castigo? 

Osiris es un ejemplo típico de dios civilizador: éste rescató a los egipcios del salvajismo, les enseñó las artes agrícolas, les dotó de buenas leyes, y les inculcó la veneración a los dioses. Según la leyenda, antes de él los egipcios eran caníbales. Y no sólo eso: viajó por todo el mundo para difundir las bendiciones de la Civilización por los lugares más remotos: “Siendo de talante benefactor, y deseoso de gloria, reunió un gran ejército, con la intención de visitar toda la Tierra habitada y enseñar a la raza humana cómo cultivar la viña y sembrar trigo y cebada…” (Diodoro, libro I, párrafo 17). Hermes era su consejero, y gracias a su prudencia Osiris destacó entre los otros reyes; Hércules sería su “hombre de confianza” (el jefe de sus guerreros). Isis era su consorte. Y según los sacerdotes egipcios, desde Hércules (contemporáneo de Osiris) hasta los días de Solón (2.600 años atrás, a fecha de hoy), habían pasado más de 10.000 años. Herodoto, que equipara Osiris con Dioniso, dice en el libro II de su Historia (párrafo 145): “De todos ellos [los dioses olímpicos] los egipcios aseguran tener conocimiento, arguyendo que siempre han calculado los tiempos y los han registrado por escrito... Los años entre Dioniso y [el faraón] Amasis... son calculados por los egipcios en al menos 15.000”. En definitiva, Osiris (o Dionisos, si es que constituyen en realidad un mismo dios) habría vivido antes del Diluvio, remontándose muy atrás en el tiempo. 

En el mito mesopotámico encontramos la historia de los "siete sabios": Ea, el equivalente babilónico del sumerio Enki (dios de las aguas dulces y de la sabiduría), en los tiempos previos al Diluvio, envió siete sabios divinos en forma de hombres-peces desde el Apsu (océano de agua dulce subterránea) a los habitantes de la Tierra, para enseñarles las artes de la Civilización. Tras ofender a los dioses, fueron devueltos al Apsu (el lugar de donde provenían). En el mito de Erra, Marduk pregunta: "¿Dónde están los Siete Sabios del Apsu, los puros peces puradu, que, como su señor Ea, están dotados de una sublime sabiduría?". Según Moreau de Jonnés (Los tiempos mitológicos. Edicomunicación, 1988. Pág. 137) Berosoo afirma que el dios-pez Oannes enseñó a los antepasados de los caldeos el conocimiento de las letras, el arte de edificar ciudades y el cultivo del suelo. Este mismo Oannes, héroe cultural de raigambre mesopotámica, podría estar en la base del nombre hebreo Ioannes (Juan), o, podría ser el mismo Enós hebreo (más conocido como Enoc, o Metatrón), supuesto autor del célebre Libro de Enoc y, según la tradición judaica, contemporáneo del Diluvio. Sería equivalente asimismo al sumerio Enki, al árabe Idris, al Thot (o Hermes Trimegisto) de los egipcios, o al Hesperus de los griegos. Sobre éste dice Diodoro (libro III, párrafo 60): “Este rey (Hesperus), habiendo en una ocasión subido a la cima del monte Atlas, fue arrebatado súbitamente por fuertes vientos mientras estaba realizando sus observaciones de las estrellas, y nunca más se le volvió a ver”. Nótese la similitud de esta anécdota con el final que tuvo el sabio y virtuoso Enoc hebreo.  

Continúa en... Libro de próxima publicación.

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