¿Coronavirus? Se veía venir. ¡Ya en el año 2003!

Durante el año 2003 escribí una serie de artículos periodísticos que posteriormente publiqué, en 2004, bajo el título ALTO RIESGO, LOS COSTES DEL PROGRESO (disponible en Iberlibro).

En el artículo LAS NUEVAS PLAGAS escribí lo siguiente:
 
            El caso más preocupante de enfermedad infecciosa emergente lleva como nombre SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Severo). Según parece, tuvo origen en el sur de China (Foshan, en la provincia de Guangdong) en noviembre del 2002, tal vez en un salto entre especies procedente de la civeta (un animal similar a la gineta consumido en China). Es causado por un coronavirus (familia de virus con una corona de proteínas). Se transmite por las gotas que expulsan los afectados al hablar o al toser, tal vez por transmisión ambiental (¿a través de la red de saneamiento?), o por contacto directo con superficies contaminadas. Sus síntomas se manifiestan por una fiebre alta, acompañada de temblores, dolores de cabeza, dificultad respiratoria, tos y a veces diarrea. Su tasa de mortalidad varía: desde el 1% para los menores de 24 años, hasta el 50% para los mayores de 65 años. A finales de junio del 2003 se habían producido un total de 8.458 casos en el mundo, con 807 fallecidos.

 

Estamos indefensos

 

            Como es bien sabido, los virus no encajan dentro de la definición de “ser vivo”: es decir, no pueden realizar ninguna función vital si no es a costa de parasitar a otros organismos. Algunos virus, como el de la gripe, mutan con facilidad, por lo que la vacuna de un año no inmuniza –previsiblemente- para el año siguiente. Los constantes desplazamientos de personas portadoras de este virus –que suele ir mutando a medida que se mueve- permiten especular que en un futuro indeterminado se pueda producir una pandemia como la que en 1918 provocó más de veinte millones de muertes en todo el mundo.

            Los virus pueden romper las barreras entre especies. Algunos virus afectan a determinadas especies de animales, pero con el contacto frecuente entre aquéllos y el hombre -como sucede en ciertas partes de China-, dichos agentes patógenos pueden saltar al hombre. Es, por ejemplo, el caso del virus de la gripe, que inicialmente afectaba a los patos: de éstos pasó al cerdo y, posteriormente al hombre.

La recombinación de virus de ave y de cerdo, o de ave o cerdo y ser humano, son todavía más letales que los virus de estos animales por separado, y por ello son más dañinos para el hombre. Cuanto más tiempo se convive con el virus (al menos hasta que éste no mute de forma significativa), más resistencia se crea, pero ello tiene un alto coste en vidas humanas.

            El problema ante la emergencia de nuevas enfermedades infecciosas (como el SARS, el Ébola o el Nipah) es que nuestros cuerpos están indefensos ante ellas: no tenemos anticuerpos capaces de protegernos de estas infecciones. Los virus procedentes de animales son terribles, porque pueden fácilmente mutar o recombinarse, haciendo todavía más complicada su prevención o su tratamiento. A diferencia de la viruela (mal específicamente humano) no hay vacuna para la mayor parte de ellos (a excepción de la gripe), y en muchos casos el tratamiento es sintomático.

            (La prevención es a veces inviable, puesto que se corre el riesgo de que si se efectúa una vacunación masiva con un virus real, pero atenuado, se produzcan recombinaciones indeseables que, a la postre, podrían ser contraproducentes.) NOTA: Según me han informado, este tipo de vacunas ya no se emplean, excepto en casos como la tuberculosis.

            Existen dos tipos de virus de animales que pueden afectar al ser humano. El primero salta la barrera de las especies, pero no puede transmitirse de hombre a hombre (es el caso de la rabia, de la gripe del pollo de Holanda, o del Nipah). El segundo, además de saltar la barrera entre especies, se adapta al ser humano y es transmisible entre humanos (el SIDA, la gripe del pollo de Hong Kong y la SARS, más conocida como “neumonía asiática”).

            Tanto en un caso como en otro, su control es muy difícil. Ante casos como éstos, que en determinadas circunstancias pueden provocar situaciones de auténtica “alarma planetaria”, es conveniente incidir en la causa del problema, antes de que éste se manifieste. Pero para ello hemos de entender qué ha podido suceder para que, especialmente en el último decenio, se hayan producido tantos fenómenos de “salto entre especies” en materia de enfermedades infecciosas.

 

El origen del problema

 

            El hecho de que en tan pocos años (desde la década de los setenta) se hayan producido tantas nuevas variedades de enfermedades infecciosas sólo puede tener una explicación: la intromisión del hombre en espacios (o nichos) reservados de la Naturaleza.

            Las causas son variadas. Pensemos en la inclusión de despojos de ovejas infectadas por la llamada “enfermedad de las ovejas locas” en la alimentación del ganado vacuno, que como es bien sabido dio lugar a la “enfermedad de las vacas locas”, a la que hice alusión en un artículo anterior. Pensemos en la incorporación de animales “exóticos” en la dieta humana, como el chimpancé, el murciélago o la civeta, lo que ha podido provocar que enfermedades propias de estas especies pasaran al ser humano. Pensemos en la densificación de la población humana en ciertas áreas del Tercer Mundo, y en su contacto directo con animales portadores de enfermedades potencialmente devastadoras. Pensemos en la intromisión del hombre en espacios anteriormente “vírgenes”, o en la moda de “adoptar” animales exóticos como mascotas. Pensemos en las alteraciones ecológicas (como la deforestación o la construcción de pantanos) que permiten que ciertos agentes infecciosos, como la fiebre amarilla o la malaria, se extiendan a zonas anteriormente libres de estos males. Y cómo no, pensemos en los efectos en la salud pública del llamado “cambio climático”, que ya estamos padeciendo, y de los que tuve ocasión de hablar más arriba.

            Desgraciadamente, casi todas las familias de virus pueden afectar al hombre. Dado el número inmensamente grande de especies animales que podrían en teoría transmitirle sus enfermedades, el “reservorio” de virus susceptibles de saltar al ser humano es prácticamente inagotable.

            A ello hemos de añadir que estamos en un mundo finito y esférico, donde las comunicaciones a larga distancia son cada día más rápidas y baratas. Si la mal llamada “gripe española” (tuvo origen en Extremo Oriente) mató en el año 1918 a más de veinte millones de personas ¡a causa de los desplazamientos de los soldados de la Primera Guerra Mundial! (a pie, en mulo, o a lo sumo en tren), podemos imaginarnos lo que podría suceder en el día de hoy, en el que los modernos aviones nos permiten cambiar de hemisferio en cuestión de horas.

            La disponibilidad de vuelos internacionales ha incrementado el riesgo de que una epidemia aislada en una zona concreta del planeta se convierta en una pandemia con carácter mundial. El último –y más alarmante- ejemplo lo tenemos en el SARS, el cual ya ha sido considerado “la primera gran enfermedad del siglo XXI”. La llamada globalización, y más en concreto el turismo internacional y el desplazamiento a larga distancia de personas y mercancías (entre las que cabe incluir tanto animales como alimentos), de consuno con el cambio climático, nos pone en bandeja un futuro ciertamente espeluznante, de pandemias globales y apocalipsis sanitarias, que podría hacer palidecer los tiempos de la Peste Negra.

Pero si no teníamos suficiente con los riesgos arriba apuntados, a ello le hemos de añadir otros peligros añadidos: los provocados por la amenaza del llamado “bioterrorismo”.

 

Como vemos, nada nuevo. Se está produciendo el cuadro anticipado por los expertos hace 17 años, cuando escribí este artículo. Sólo cabe preguntarse si no somos en parte responsables, todos los habitantes del planeta, por desarrollar un modo de vida irracional y desmesurado. En mi artículo ¿LOS LÍMITES DEL PROGRESO, O UN PROGRESO SIN LÍMITES? escribí lo siguiente:
 

El retorno a lo esencial

 

            A raíz de esta preocupación ha surgido una nueva clase de ciudadanos comprometidos, conocidos popularmente (en su denominación inglesa) como downshifters (los que giran hacia abajo). Éstos han rechazado buena parte de las ventajas y comodidades que la sociedad moderna nos ofrece, para optar por una vida más simple, más relajada y natural. Son los anticonsumistas, que buscan una mejora de la calidad de vida a través de su perfeccionamiento como personas y como ciudadanos, no de su promoción como profesionales o de su integración como consumidores.

            Según Carlos Fresneda (citado por Milagros Juárez, pág. 10): “Cada vez más personas están descubriendo que es posible mejorar la calidad de vida consumiendo menos, que la felicidad personal es más asequible con cierta moderación y autodisciplina”.

            Los downshifters consideran que la vida moderna es de una complejidad tal, que de hecho hemos perdido el control de nuestras vidas. Nos hemos convertido en unas marionetas de nuestras propias pasiones, excitadas “desde fuera” por un sistema económico y social que estimula nuestras debilidades y nuestras contradicciones para animarnos a gastar más, para mayor gloria y provecho de nuestra economía de mercado.

            La economía de mercado es como una hidra con multitud de cabezas: cortas una y aparecen cien. Y ello es así porque “nosotros somos el mercado”. El mercado no tiene cabeza visible, no tiene un apartado de correos, no tiene un dirigente o presidente… El mercado somos todos, y por ello es tan difícil de manejar o regular.

            Existen dos maneras de corregir el rumbo que nos lleva inexorablemente hacia un desastre de dimensiones colosales: la implantación de una mano de hierro que declare un “estado de excepción ecológica”, y que por tanto restrinja nuestras libertades como productores, como consumidores, y –tal vez- como ciudadanos; o bien el convencimiento por parte de todos y cada uno de nosotros que tenemos mucho que decir y hacer para cambiar las cosas. Sólo hay una solución para resolver los problemas del mundo: la tienes tú.

 

Si quieres leer todos los artículos de esta serie, entra en Formas de vivir:

 

https://www.joseluisespejo.com/index.php/formas-de-vivir

 

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